Relatos

Nuestras 500 Millas del Río de la Plata

por Héctor de Ezcurra 

Largada:  Viernes 18

A las 14 hs. se da el top de largada a la 10ma. edición de esta regata. El recorrido arrancó con un viento N de 11 nudos.


Poco después de la largada, el "Azul Marino", a la izquierda,
es desventado y pasado por el "Místico".

    Después de unas horas de navegación apacible toda la tarde, esa noche, trabuchando el spinnaker, unas inesperadas rachas de más de 20 nudos hicieron que el spi se enrolle en el stay, teniendo que arriarlo de urgencia. En el proceso, la chaveta del mosquetón de la driza se enganchó arriba con algo y abrió el mosquetón y el spi terminó en el agua. Logré rescatar la vela pero la driza quedó arriba. Más tarde nos dimos cuenta que una escota de spi se nos había ido al agua.

    Como el viento refrescó, y teníamos el viento y una buena ola por la aleta, aunque seguíamos con genoa 1, logramos barrenar y hacer 6,5-7 nudos.

    De noche, el cielo se despejó y salió la luna, dándole a esas horas de timoneada un carácter especial.

Sábado 19

    Amaneció despejado y, ya en la Bahía Samborombón, el día se fue poniendo primaveral.

    La temperatura aumentó y como estaba bastante tranquilo, aprovechamos para Marcelo me ice al mástil en una guindola para rescatar la driza del spi. Prendido como una garrapata, me hice un minuto para disfrutar la vista de esa enorme extensión de agua límpida y azul-verdosa, que desde 12 metros de altura, sin tener costa en los 360° alrededor, era impactante.

    Recuperado el spi, retomamos la marcha a mejor ritmo, aunque el viento siguió demasiado tranquilo.

    Durante esa calma, durante casi una hora nos siguió un pichón de algún ave marina. Hiciéramos el rumbo que hiciéramos, se esforzaba por seguirnos. Le tiramos migas y estuvo a punto de subirse al escalón de popa, pero a último momento no logró juntar coraje suficiente. Finalmente cuando refrescó el viento, no logró mantenerse al ritmo, y lo perdimos de vista.


En Samborombón, disfrutando
de un día de calor.

    La puesta del sol, teñida de fucsia, fue un espectáculo. Junto con ella, el frío que tanto nos habían anunciado, hizo una primera y tímida aparición.

    El agua salobre ya hacía que con el avance del barco se oyera ese ruido siseoso característico del agua salada.

    Con la noche se empezaron a ver las noctilucas, que salían con nuestra estela, como fosforitos verdes encendidos.

    En una noche muy linda, a la distancia pudimos empezar a distinguir el Faro San Antonio y en poco tiempo más rodeamos el Banco San Agustín para llegar a la marca a virar: el Guardacostas Delfín, el que viramos a eso de las 11 de la noche.

    Esa misma noche, unas pocas horas después de virar el guardacostas, ya rumbo a Punta del Este, se levantó un viento de proa, un N de 20 y pico de nudos, (con rachas de hasta 27), que nos obligó, más de una vez, a nuevos cambios de vela y tomas de rizos. La temperatura bajó más, pero por suerte el barco, (un Pandora 34), no era mojador, y el agua salpicaba sorprendentemente poco.

    Desgraciadamente, al poner el timón automático para un cambio de velas, fué superado por la ola y se rompió, dejándonos más de dos tercios del recorrido sin su invalorable ayuda.

Domingo 20

    La timoneada de noche, con mucho viento y ola, tuvo un atractivo especial: el rumbo coincidió varias horas con una "calle" plateada que formaba el reflejo de la luna que teníamos a proa.

    Después el viento fué cayendo, pero la ola duró unas horas más.

    Haber comido un poco pesado durante el sábado, (aprovechando la calma), y el cansancio, se juntaron para traerme un mareo, que me duró casi un día y medio. Esto, sumado a los cambios de viento constantes, que obligaban a modificar velas permanentemente, y el no haber podido dormir casi nada durante esa noche, llevó a que quedáramos agotados. Quizás por eso, esa tarde, la ola atravesada de la noche anterior y una nueva calma hacían que el barco se moviera más anárquicamente, y mi estómago también. Pude demostrar que se puede vivir más de un día sólo a gaseosa.

    Con estas condiciones, frente a la imposibilidad de llevar el spi con tan poco viento, terminamos probando todo y vimos que la mejor opción para este viento de popa era el genoa 1 con tangón, a estribor, y la mayor del otro lado, levemente contra-amurada y con una retenida. Así el barco quedaba estable y caminaba más.

    Esa misma tarde nos pasaron varios frentes del SW, de poca importancia, que sólo hacieron refrescar un poco el viento durante su pasaje, pero después la calma volvió.

    Antes del primero de estos frentes, se notó algo curioso: en medio del mar, el barco estaba lleno de mosquitos de gran tamaño. En realidad ya habían empezado a aparecer con el N de la noche anterior, cuando estábamos cerca de la costa, pero hoy, con la brisa suave del W y el clima que anunciaba tormenta, siguieron llegando más y más. Por suerte con la ropa que teníamos encima, ni intentaban picarnos. A la primera ráfaga, cuando el viento del SW refrescó, desaparecieron y nunca más se los vió.


Al fondo de la foto,  sobre el horizonte, puede
apreciarse el primero de los frentes del SW.

    Finalmente, antes del atardecer, ese SW reavivado nos permitió retomar un buen ritmo, que con el mismo aparejo, nos llevó a buena velocidad hasta Punta del Este.

    Entramos de noche por el Canal Sudeste (entre la Isla Gorriti y la punta), barrenando, dejando una linda estela efervescente y espumosa, aprovechando los 16-18 nudos que el viento llegaba a tener.

    Afuera la temperatura empezó a bajar, pero adentro de la cabina, gracias a "San Eberspächer", (el calefactor de a bordo), la temperatura siempre fue agradable y con ese clima seco, la ropa que uno dejaba en un tendedero que nos armamos, se secaba con rapidez y estaba lista para ser usada cuando uno se vestía para tomar la próxima guardia.

    Después de las 11 de la noche, viramos la Isla Gorriti. Estábamos en eso cuando nos sorprendió un griterío escandaloso que venía de las rocas de la costa de la isla: nos pareció distinguir centenares de aves marinas, como nunca antes había visto, todas amontonadas ahí.

    Previendo el viento que nos esperaba del otro lado de la isla, aprovechamos para tomar rizos y achicar la vela de proa. Nos alegramos de haberlo hecho, ya que una vez retomado el rumbo hacia Buenos Aires, nos encontramos con que el viento del SW siguió levantando y llegó cómodamente a unos 24-26 nudos con rachas de 30. Ya frente a Piriápolis, las olas empezaron a aumentar mucho de tamaño y calculamos (a ojo) que llegaron a pasar los 3 metros. Cuando uno de los "paquetes" más grandes venía con una pendiente más empinada, si uno no venía con velocidad, parecía que el barco se iba para atrás.

    La escora era importante y los bandazos hacían difícil moverse dentro del barco, dormir o comer. Tiré unos zapatos que molestaban en el camino y fueron a "pegarse" contra la pared, como quien tira un imán contra la heladera. En realidad, por la escora, esa pared era ahora el piso, pero desde la posición de sentado en el piso, donde uno perdía la perspectiva, resultaba curioso ver los zapatos cómodamente adheridos a la banda frente a mi.


   El "tendedero" en la cabina, con la ropa secándose para la próxima guardia.
Nótese la escora.

    Teníamos buena velocidad pero el ángulo de viento no ayudaba en nada, y la corriente en contra, tampoco. El track en el GPS era lamentable: lográbamos hacer menos de 180° en uno de los bordes, y más de 300° en el otro. Conclusión: tirábamos muchos bordes y lográbamos poco avance.

Lunes 21

    Amaneció soleado y el agua tomó un interesante color azul oscuro.

    Con el correr del día, el viento del SW fué amainando a 19 nudos, pero la corriente en contra no. Lamentablemente no rotó al S, como hubiéramos querido.

    El viento siguió cayendo, y durante esa navegada tan apacible, pudimos descansar un poco y alimentarnos mejor.


Cuando ya el frío ya se hizo bien presente.

    Con la corriente en contra, la calma y las negadas, borde tras borde, la Isla de Flores que veíamos hace casi seis horas, parecía inalcanzable y la puesta del sol nos trajo la noche más fría de la regata. Por contraparte, nos ofrecióe un cielo llamativamente despejado, con una visión de la Vía Láctea estilo Planetario.

    ¡Pero tardamos más de 24 hs. para llegar desde Gorriti hasta Buceo!

    Un comentario aparte merece la ropa, que siempre parecía poca. Usábamos pasamontañas, gorro y cuello de polar, ropa interior de "PowerDry", camiseta de "Capilene", chaleco de polar y dos polars encima, campera, pantalón de polar, pantalón de traje de agua, dos pares de medias térmicas. En las manos: guantes de polar dentro de guantes náuticos impermeables. Descubrimos que cuando no salpica, los mocasines náuticos resultaban mejor que las botas: como respiraban, el pie no se humedecía adentro y se mantenía más abrigado. Lo mismo valía para una campera en vez de la chaqueta del traje de agua.

    Timoneando esa noche, cuando el viento por fin aumentó y se fué al NW y después al N, logramos combatir el frío en los pies, (el único que realmente se sentía), metiendo medio cuerpo dentro de la bolsa de dormir. Pero con el cansancio acumulado, aún sin sufrir el frío como tal, éste se sentía como malestar general, que obligaba a cambios de guardia más seguidos, durante los cuales el que entraba recuperaba la temperatura y la energía, cambiando de ropa, durmiendo un poco o comiendo algo, de preferencia caliente.

    Gracias al viento del N y al agua sin ola, en una navegada muy placentera, iluminada después por una luna de cuarto menguante (que empezó siendo anaranjada), esa noche avanzamos rápido, pasamos frente a Montevideo y seguimos cerca de la costa por temor a quedar encalmados en medio del río. Podíamos por fin avanzar (una de las pocas veces) en el rumbo esperado, en una navegada lindísima y con muy buena velocidad.

Martes 22

    Vuelvió a amanecer con sol y se convirtió en otro día que, en comparación con las noches anteriores, nos resultaba primaveral. En realidad, si uno exhalaba, se veía el vapor condensado, (para dar una idea del frío que hacía), pero con el antecedente de esa noche y con el sol pegando en el cuerpo, a uno ya le parecía que hacía calor.

    Nos pasamos varias horas encalmados al sol, pero después, poco a poco se fue levantando un E y que luego rotó más al SE, que transformó la jornada en una lindísima navegada de 6 horas con viento por la aleta con spinnaker, y nos terminó llevando a buena velocidad (de a ratos hacíamos 7,7 nudos), hasta la llegada, permitiéndonos pasar la línea a las 11 y media de la noche. Justo antes de cruzarla, como susto de despedida, entrando con spinnaker en Dársena Norte, nos topamos con un viejo y enorme ferry saliendo, que por suerte se tiró a su babor, dejándonos espacio justo para cruzar la línea de llegada.

    ¡Ahora sí! Nuestro objetivo cumplido: terminar el recorrido. ¡Ahora a amarrar, a las duchas calientes, a comer algo y a dormir!

Conclusión

    El balance total es el mismo que si después de tantos esfuerzos, uno pudiera haber hecho cima  en el Aconcagua: fue duro pero nadie te puede quitar lo bailado. Estoy muy feliz de haberlo podido hacer y también conciente y agradecido de que la Providencia nos haya dado una mano tan grande, porque son muchas las cosas que podrían haber salido realmente mal. En ciertas situaciones, un desperfecto grave en el barco, un resbalón, una costilla rota, una diarrea o un dedo atrapado en una escota, pueden transformar una aventura entusiasmante en un pequeño o gran drama. Hubo algunos abandonos en esta regata, como suele suceder, por este tipo de cosas.

     El cruce de la línea de llegada, más allá de tener una pésima posición, como anticipábamos, (porque no corríamos en un barco de regata, ni nosotros somos grandes regatistas, ni ganarle a nadie era nuestro objetivo), fue una sensación de satisfacción indescriptible.

    "Las 500 Millas" son toda una experiencia. Pese a que en el relato parece un listado de sufrimientos, fueron incontables los momentos de navegación disfrutable, así como el resto de los pequeños placeres de a bordo: desde cocinar, seguir la navegación satelital y trabajar las cartas náuticas, hasta dormir hamacado por el movimiento del barco. Sobre todo son un desenchufe de las rutinas habituales, y un descanso mental (¡no tanto físico!), al estar varios días seguidos en contacto con el río, el mar y el viento. A quien no haya hecho la experiencia, se la recomiendo, sobre todo si a través del relato sabe de qué se trata y se entusiasma igual. 

Héctor de Ezcurra
Julio de 2003

 

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